….Y en la tierra paz ¡porque los ama Dios!

La Navidad 2014 sea  portal y  preludio de esa verdad que tenemos que colectivizar entre todos los colombianos: nuestro  reencuentro como familia y patria, como voluntades de convivencia y paz en los territorios y ciudades. La paz se firma en cada corazón. De otra manera nunca tendrá sentido que se firmen acuerdos en las mesas de diálogo.

La paz hay que construirla en cada célula de vida, en cada espacio violentado, en cada territorio de barrio, vereda, poblado o caserío, en el seno de la movilidad y el hábitat de nuestras ciudades, en la intimidad de los afectos humanos y en  aquello que exteriorizamos con nuestras actitudes, palabras y acciones. No hay que esperarla por arte de magia ni por meros arreglos entre el Estado y la subversión, entre el paramilitarismo criminal y socio-político y las guerrillas crueles e ideológicas,  a las que los primeros quieren negarles acceso a la sociedad y al ejercicio político.

Los acuerdos entre estos tres los necesita el pueblo colombiano. Pero es la paz verdadera, sin mentiras y trucos, la que necesita al pueblo colombiano, a cada hombre y mujer, al conjunto de todos como ciudadanos que no cedemos ante el objetivo de ponerle fin a las guerras internas, a desmontar y desaprender las violencias que ellas nos han inculcado, de construir nuestra convivencia por fuera del clientelismo y las formas corruptas de robarse los presupuestos, de invertirlos mal, de convertir las soluciones en peores y nuevos problemas.

Sin esta decisión personal y colectiva de los colombianos de a pié, del ciudadano común, de los civiles a quienes acuden por el voto con las banderas de la paz como mera componenda o del no diálogo como  guerra de sometimiento,  NO TENDREMOS UNA COLOMBIA CON FUTURO. Tendremos un país fracasado, devorado por la corrupción que se escuda en la violencia y en la defensa a muerte del “modelo económico” excluyente y depredador.

Es un deber de la Iglesia denunciarlo, sin dejar por ello de convocar a los actores de la actual situación a que asumamos todos iniciativas constructivas, compromisos personales, de empresas y partidos, de organizaciones y gobierno,  para salir de esos dos falsos planteamientos y abrirle a Colombia caminos generosos, sinceros, con autocrítica y sentido del mañana colectivo, antes que del mero lucro personal, familiar o empresarial.  Los espacios de la Iglesia están abiertos para acoger, acompañar y garantizar, sin exclusiones ni discriminaciones, estos procesos ciudadanos hacia la paz. Nuestras parroquias se pongan en función de nuestros barrios y de las poblaciones en los territorios en donde  ellas existen, para servirle a esta razón ética e histórica de la paz de Colombia.

Nuestra motivación pastoral para estos tiempos de Navidad  y Año Nuevo se centra en el anuncio del REINO DEL PADRE DIOS que nos envió a su Hijo único y nos lo entrega en el corazón y los brazos del HOGAR DE NAZARETH. Así se abre el telón del Reino de Dios en Jesús, con el anuncio del ángel: “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra Paz a los hombres, porque Dios los ama”.  Cielo y tierra, Dios y humanidad, esposos y hogar, se unen en el doble propósito de la gloria que la creación rinde a Dios y la paz que brota del sabernos amados primero por Dios. Brota así esta humanidad nueva, que el Papa Francisco llama, en su mensaje del primero de enero 2015, para la Jornada Mundial de la Paz:  “Ya nunca más  esclavos, sino hermanos”.

La entrega del PADRENUESTRO, oración del Reino, plegaria universal de la familia de Dios que construye la paz como don divino y compromiso de personas y sociedades,  será en  estos días  de preparación a la Navidad, el gesto ritual que se le confía a todos los párrocos, sacerdotes, capellanes y demás agentes de la pastoral. Como María y José entregan al mundo al Niño Dios, la entrega del Padre Nuestro por parte de la Iglesia hace eco al anuncio del Reino de Dios “que ya está dentro de nosotros”, que ya es Presencia orante de Jesús y de los creyentes en medio de  la humanidad. Persona y Reino son en Jesús la misma realidad. Vivámosla como única razón para decir, sin formalismos hueros: ¡feliz navidad! ¡feliz año nuevo!

 

 

+Darío de Jesús Monsalve Mejía, Arzobispo de Cali.