El milagro de reconciliarnos

“Cuando más oscura está la noche, más cerca está el amanecer”, advierte un dicho oriental. Presiento que nuestra “horrible noche” del himno nacional está evidenciando el fondo oscuro de las más silenciadas verdades.

Sobre las violencias y el vandalismo, las mayorías aman vivir y actuar en paz. Sobre el engaño propagandístico y político, se empieza a valorar la verdad como primera justicia que se hace a las víctimas. Sobre la corrupción, la injusticia social y el poder narcotraficante, la protesta social crece y apuesta por cambios concretos. Paz, verdad y cambio son valores que movilizan el tránsito de la nación hacia el amanecer de una vida con dignidad.

Si bien, esta actitud estoica de las mayorías colombianas se inspira en valores y tradiciones de la conciencia cristiana, nuestra fe tiene ahora el gran desafío de enfrentar al odio con la corrección fraterna y a la venganza con el perdón. Nuestra conversión no puede quedarse en el mero cambio personal: es necesario hacer posible también el cambio del otro, de quienes están en la orilla del daño a la vida humana y al bien común. ¿Cómo?

“No hagan frente al que los agravia”, dice el Evangelio, señalando un nuevo protocolo espiritual del creyente para “tocar” la conciencia del malhechor, del ofensor. Un protocolo de no violencia activa, de desarme del corazón y la mente de quienes priorizan las cosas, su poder sobre los demás, sus pasiones e ideologías.

“Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen”, sentencia Jesús sobre este empeño por “cambiar al otro” (Mateo 5,38ss), a partir de mi propio cambio, de una cultura comunitaria profética, intercesora, de unidad en los fines y los medios para provocar la “conciencia de lo inútil y lo absurdo” del hacernos daño, del acumular riquezas, del mantener a todo costo el engaño y las estructuras de pecado y de violencia institucional.

Para el cristiano, sumergido en realidades duras, dolorosas y difíciles como las nuestras, la reconciliación es ante todo la acción de Dios, más allá de la disposición positiva de los reconciliados (2 Corintios 5,18). Dios hace una reconciliación universal, de todos los hombres, judíos y gentiles, incluso de sus enemigos, y de todas las cosas, de la creación entera, como la que presenta Pablo en sus cartas a Romanos, Corintios, Efesios y Colosenses. Dios hace la reconciliación en Jesucristo, por su muerte, por su sangre vertida en la cruz, en su “cuerpo de carne” (Colosenses 1,22).

Dios ha encomendado a sus Apóstoles e Iglesia este “misterio y ministerio incansable de la reconciliación (2 Cor 5,19-20). De ahí el carácter sanador y transformador de la misión eclesial, centrada en “conocer a Cristo, el poder de su resurrección y la comunión con sus padecimientos, hasta hacernos semejantes a él en su muerte”, y no ser hallado en “la justicia mía” ni en la que viene de la Ley, sino en esa “justicia reconciliadora” que viene de Dios (Filipenses 3,9-11).

El milagro de nuestra reconciliación está en Jesucristo. Solamente Él puede pasarnos de esta “justicia” por mano propia, de la justicia inoperante o punitiva y de ejecución sumaria, propia de regímenes injustos, a una justicia de restauración, de verdad y reparación, de reconciliación y cooperación en el cambio de estructuras, de perdón pacificador.

Al inaugurar la Cuaresma para la Pascua 2020, convoco a todos los fieles a entrar en este “pequeño catecumenado” o proceso de iniciación y renovación de la fe, y de actualización de la gracia del Bautismo, perdida por nuestros pecados. Desde el signo de la Santa Ceniza, puesta sobre nuestras frentes, este miércoles 26 de febrero, hasta el Domingo de Pascua el 12 de abril, volvamos al misterio de nuestra reconciliación en Cristo Resucitado, que nos muestra sus manos y su costado abiertos.

Será este 2020 el escenario más indicado para compartir este milagro de reconciliación que es Jesucristo. En Él, en su “Cuerpo de Carne”, tocando sus llagas como el Apóstol Tomas, podemos ser perdonados por Dios, ser sanados. Y podemos obtener que nuestra súplica de perdón llegue a quienes hemos hecho daño.

Que el perdón nuestro llegue hasta quienes nos dañaron. Y que nos reconciliemos con los muertos que hemos matado con nuestras manos, en nuestras mentes y sistemas de aniquilamiento y de guerra. Quizás por ahí necesitamos empezar los colombianos: por reconciliarnos con los muertos arrebatados con la violencia y volverle la cara, la verdad y los bienes a los millones de víctimas que hemos hecho sobre este suelo ensangrentado.

Las prácticas cuaresmales de la predicación y del contacto personal con la Palabra, las penitencias, la limosna y apoyo a la Comunicación Cristiana de Bienes, el ayuno, el desierto de oración, el Vía crucis, la confesión y comunión, las procesiones y asambleas colectivas, se conviertan en oportunidad para decirnos unos a otros y manifestar ante el mundo nuestro compromiso de reconciliación. Entonces la paz, la verdad y el cambio estructural y político que necesitamos, como el amanecer, estarán más cerca. Amén.

 

Por: +Darío de Jesús Monsalve Mejía

Arzobispo de Cali