Tenemos qué proteger sus vidas

Toda vida humana tiene qué ser protegida y ser formada para proteger. El homicidio nunca puede ser confundido con un derecho humano. Matar a otro significa abusar del propio don de existir, atropellar el propio derecho y dañar la coexistencia y convivencia humanas, expresiones negativa y positiva de lo social. Disentir jamás puede conjugarse como eliminar al otro.

Desde la trascendencia de la vida humana, que deberá ser afirmada sobrepasando el dolor, el fracaso, la ofensa y la propia muerte, la vida no sólo es don de Dios sino responsabilidad ineludible de todo semejante.

Quien dispone de su vida o de la de otro, se pone encima tres jueces: a Dios que le estalla en la conciencia “¿dónde está tu hermano?”; la justicia humana, que tendría qué identificar, corregir y garantizar la no repetición; y la justicia de las mismas víctimas asesinadas, que serán dedo acusador en el juicio ante Dios. “Todo el que odia a su hermano, en el fondo de su corazón, es un asesino. Y ustedes saben que ningún asesino tiene la vida eterna en él” (1a.Juan 3,15).

Nuestra sociedad colombiana, llena de gentes buenas, de humildes y honrados luchadores por la vida, ha venido contaminándose con la idea de eliminar al contrario, como con un cáncer que hace metástasis en todo el organismo y mapa nacional.

Los procesos históricos de violencia y crueldad, en guerras partidistas, subversivas y contra insurgentes, han degenerado en conductas inhumanas y monstruosas como la llamada limpieza social” o “muertes ecológicas”.

Ante la repetición de esos ciclos, con unos fenómenos culturales tan desesperantes como las ideologías de fuerza y opresión, de lucha armada y agresión étnica, sexual, por xenofobia u otras motivaciones, se hace necesaria una sana y firme reacción colectiva.

“Nos están matando”, es el grito de ex-guerrilleros reincorporados, de defensores de derechos y servidores de paz, desde territorios sometidos a disputas. Cerca ya de un millar de líderes (as), y más de un centenar y medio de quienes se acogieron al Acuerdo de La Habana y del teatro Colón, significan que TENEMOS QUE VENCER el silencio, el miedo, la indiferencia y, sobre todo, la complicidad con autores materiales y determinantes de este bárbaro genocidio.

Como Iglesia, desde Cali y las regiones, estamos convocando a FORMAR ESCUDOS COMUNITARIOS de protección a esta población en riesgo.

El núcleo de dichos escudos deben ser los mismos liderazgos y personas reincorporadas, a quienes los animamos a mantenerse unidos, a despejar sospechas entre ellos, la población y la opinión, por su definido empeño en favor de la convivencia sin armas y a establecer y mantener los vínculos y contactos confiables y confidenciales, que les permitan un apoyo adecuado. Una “mesa territorial de auto protección” sería un mecanismo a evaluar y propiciar.

Y junto a ellos, una Asamblea Comunitaria de la población que reconoce y rodea a sus liderazgos, que genera mecanismos rápidos de protección vecinal y comunicación de este “escudo interno” con el escudo externo”.

Esta etapa de escudo interno, podría apoyarse desde la Iglesia Católica y otras comunidades religiosas afines al propósito de paz, con confidencialidad y credibilidad. Una buena red de apoyo a amenazados o en riesgo, podría entrar a operar.

Esta red de escudos podría hacer seguimiento y facilitar operativos humanitarios urgentes, articulándose con entes internacionales especializados y comunidad internacional de naciones, organismos y agencias.

Desde el Observatorio de realidades sociales y las entidades eclesiales católicas y ecuménicas, hemos propuesto el escudo protector externo con cuatro pilares básicos:

  1. Una Agencia Regional de mediación e interlocución, que bien podría agrupar a varios organismos confiables para la prevención y acción inmediata.
  1. Un mecanismo de comunicación interna, para percibir y establecer alertas tempranas y respuestas efectivas a los niveles de riesgo.
  2. Un equipo operativo para ingresar al territorio, extraer personas en situación insostenible en el mismo, y reubicarlas en lugares de paso que permitan procesar datos y definir los itinerarios de su protección.
  3. Una red de comunicadores y periodistas que, a diversos niveles, sensibilice sobre la tarea protectora a poblaciones, a la institucionalidad y a la comunidad mundial.Estas indicaciones y los llamados formulados por los Obispos de la frontera sur y del Sur-Occidente y Pacífico, en sus respectivos encuentros y comunicados, nos ayuden a todos a movilizarnos masivamente hacia quienes están en la mira de los genocidas y hacia la exigencia del protector legal e institucional que debe ser el Estado colombiano, con sus organismos, con los gobiernos locales, departamentales y de la Nación, sobre todo con la fuerza pública.

No pasemos a la historia como la sociedad desvergonzada que fue incapaz de impedir, en estas épocas, otro genocidio de épocas tenebrosas y de cavernas misteriosas. Unidos, formemos una sociedad que recupera confianza en sí misma y credibilidad respetuosa ante el mundo.

+Darío de Jesús Monsalve Mejía

Arzobispo de Cali