LA TRAGEDIA DEL 2002 EN LA ASAMBLEA

Conmemoración religiosa de todas las víctimas.

Lectura tomada del Evangelio de Lucas, capítulo 13, 1-5

Como servidor del Evangelio y de la comunidad de los creyentes en el Señor, llamada a ser luz del mundo, sal de la tierra y levadura en la masa, convoco a los familiares de las víctimas de secuestro y asesinatos que se enmarcaron en esta acción violenta de la guerrilla de las FARC-EP, y a todos los presentes en esta fecha de memoria del pasado y para el futuro, a trascender, no sólo los 17 años de vida como víctimas, sino la lectura e interpretación respetables que cada quien hace de tan dolorosos e inaceptables hechos.

Esta trascendencia nace de la misma fe en Dios, en Cristo crucificado y resucitado que nos reconcilia con la vida como luz de la humanidad y de todo ser humano concreto: “la vida era la luz de los hombres”, dice Juan en su inicio del Evangelio. “Quien cree en mí no vivirá en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”, reitera el mismo Jesús. Estas afirmaciones evangélicas nos permiten ver la vida, no meramente como un hecho biográfico, sino como un acontecimiento espiritual. Y más aún, como el camino ético que debe seguir toda persona, toda sociedad.

Por vía de fe, de la verdad de Dios en nuestras vidas, nuestros hermanos difuntos, el policía Carlos Alberto Cendales, el camarógrafo Héctor Sandoval, el conductor Walter López, y los 12 diputados secuestrados, 11 de los cuales fueron asesinados,  regresando vivo, milagrosamente, el diputado Sigifredo López Tobón, son siempre un llamado y un signo a mirar, no solo la interrupción violenta de la vida humana por vía del asesinato, sino la continuidad entre nuestra vida temporal y nuestro ser puramente espiritual más allá de la muerte.

Los Once diputados, el policía y los servidores de la comunicación que los precedieron en la muerte violenta, no han sido borrados de la vida, sino de su existencia terrenal. Su tragedia no es haber muerto ellos, sino estar pereciendo todos, como los masacrados por Pilato o los aplastados por la torre de Siloé, de que nos habla el texto evangélico leído. No les ocurrió esto por desgracia o culpa de ellos, sino por desgracia y culpa de una sociedad que perdió los límites y borró las fronteras entre vivir y morir, enseñando y aprendiendo a matar o a suicidarse. “Y les digo, dice Jesús por dos veces, que, si ustedes no se convierten, todos perecerán lo mismo”.

Apenas ayer salía a luz pública un hermoso texto del Papa emérito Benedicto XVI, en el que dice, entre otras cosas, unas palabras iluminadoras para este contexto en el que los colombianos polemizamos entre el uso de la fuerza, incluso para matar, y la lucha por una salida de vía dialogada y con participación en una democracia incluyente y fuerte, ella sí.  Dice el Papa emérito:

“Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor, e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. DIOS ES MÁS, INCLUIDA LA SOBREVIVENCIA FÍSICA. Una vida comprada en la negación de Dios una vida que se basa en una mentira, no es vida. El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana”.

Me atrevería a traducir esto como un principio PERSONAL, ESPIRITUAL Y MORAL, que deberíamos restaurar, tomado del Decálogo bíblico: “MATAR NUNCA, NUNCA, JAMÁS. MORIR SIEMPRE, SIEMPRE”.

Concluyo invocando a esos seres espirituales o almas de hace 17 años y de hace, ya casi, 12 años, víctimas horrendas de esta cadena infernal de la violencia que necesitamos romper y hacer trizas los colombianos. Ellos nos acompañen en este instante en el que hemos puesto hacia el futuro de todos y de Colombia la memoria herida, cerrando tantos años de ser víctimas y abriendo el horizonte de ser mensajeros de vida y constructores irreductibles de perdón, reconciliación y paz.  “La lucha por el poder ha sido la lucha de la memoria contra el olvido”, señala Milán Kundera. Que la memoria de los Once Diputados sacrificados, sea la victoria de una memoria que busca y asume la verdad, como piso de una justicia restaurativa y garantista, para un mañana libre de violencias y del miedo que se apoya en las armas.

 

+Darío de Jesús Monsalve Mejía, arzobispo de Cali.