MISA SOLIDARIA CON VÍCTIMAS DEL TERRORISMO “Como corderos en medio de lobos” (Lucas 10,3).

HOMILÍA SÁBADO 26 DE ENERO DE 2019

“Cuando entren a una casa, digan primero: Paz a esta casa”. Con este saludo, encomendado por Jesús a sus enviados, doy también mi saludo a todos los presentes, obispos, sacerdotes, familiares de los cadetes muertos en el atentado, cadetes sobrevivientes, miembros de la Policía del Valle y Cali, participantes en esta Misa solidaria con las víctimas más recientes del terrorismo en Colombia.

 

La paz es la misión primera que Jesús le confía a la Iglesia en medio de la humanidad. Ser hombres y mujeres, misioneros, portadores todos del bien de la paz como anticipo del Reino de Dios que está cerca. Así lo evidencia el evangelio de este día, tomado de San Lucas 10,1-9- Es una paz vivida y testimoniada de dos en dos, yendo “como corderos en medio de lobos”.

 

Esta es una dura imagen de la inocencia pacífica de nuestros jóvenes cadetes de la Escuela de Policía, ajenos a las urdimbres perversas de la confrontación y de la venganza. Es la imagen de hombres y mujeres de paz, que debemos encarnar todos los civiles, pero que Jesús exige a quienes se dicen sus seguidores, como testimonio del Reino que está dentro de los mensajeros y es el que hace posible la misión. Corderos que van juntos, unidos, desafiando con su paciencia, su ciencia de la paz, a los lobos de todas las orillas, siempre al acecho.

 

Es esa paz interior y de comportamientos concretos, de quienes ponen en Dios su fuerza, a través de la oración, que nos hace solidarios y cercanos, capaces de compartir, que asimila rechazos y oposición, sin reproducir jamás el odio ni el desquite. Es esa paz que nos convierte en servidores de todos, especialmente de los débiles y sufridos, como lo encomienda Jesús a sus discípulos. La Iglesia no podrá renunciar, bajo ninguna circunstancia, a ser mensajera y servidora de paz, así fuese ella misma atacada y perseguida.

 

Hoy venimos aquí, alrededor de este Altar de Cristo, en la Catedral de Cali, a ofrecer el sacrificio único de Cristo que, como nos lo dijo la primera lectura, de Hebreos 2,9-14, es la sangre misma de Cristo, ofrecida de una vez por todas, con la que hemos obtenido la liberación eterna. Es esta sangre de Cristo, este sacrificio único y suficiente, el que actualizamos en la eucaristía y ofrecemos hoy a Dios como “sacrificio que purifica nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo” (Hebreos 2,14).

 

Colombia ha quedado sumida en el dolor, el luto y el silencio ante lo irracional y absurdo de quienes hicieron pedazos la realidad promisoria de 21 vidas humanas jóvenes, hirieron a tantas otras y sumieron a sus familias, a la Policía Nacional, al Pueblo y al Gobierno colombiano, pero, sobre todo, sumieron nuestros anhelos de vida, de verdad, de honestidad y progreso, en el infierno de la inseguridad e incertidumbre.

 

Hoy venimos a la Catedral de Cali a poner nuestros ojos en Cristo Jesús, quien nos hace capaces de atravesar el túnel del dolor, de la injusticia, del oprobio, de las heridas y el llanto. Él nos abre la ruta de la vida, que no concluye en los inhumanos planes para eliminarnos unos a otros como enemigos, para despedazar cuerpos y vidas, con carrobombas y bombardeos, como si nada hubiese en común entre nosotros, como si no importasen para nada la vida, el derecho, los sueños e ideales de nuestros jóvenes, la seguridad de los ciudadanos, el mañana de un país que quiere tener futuro, dignidad y tranquilidad.

 

Ante Cristo Jesús, nuestros jóvenes cadetes LUIS ALFONSO MOSQUERA MURILLO, DIEGO ALEJANDRO PÉREZ ALARCÓN, CESAR ALBERTO OJEDA GÓMEZ, y todas sus adoloridas familias, todos los heridos, como la totalidad de las víctimas del atentado terrorista, SON VÍCTIMAS INOCENTES, condenados a la más ignominiosa muerte por supuestas razones de venganza y de confrontación entre colombianos. Son, como Jesús, víctimas inocentes de una lucha por poder y bienes materiales que hacen olvidar por completo nuestra condición humana de creaturas y hermanos, solidarios en hacernos guardas unos de otros y no hijos de Caín, que imponen sus pasiones enceguecidas y destructoras. Como Jesús, la dolorosa pasión y muerte, la trágica muerte y la infinita pasión de los suyos y de la comunidad nacional, no se quedan encerradas en este absurdo de violencia, de sangre derramada y sepulcros cerrados.

 

Con Jesús Crucificado y sepultado, se abre paso, por dentro de esa espantosa negatividad, la ruta de la vida victoriosa sobre la muerte, del espíritu que sobrevive al cuerpo, a los violentos y a la destrucción, de un horizonte de misericordia y de reconciliación que reabre oportunidades cerradas por los inhumanos: la oportunidad de acogerse al perdón de Dios y al cambio de vida, al perdón entre nosotros y cambio de agendas que pretenden volvernos enemigos irreconciliables; a la oportunidad de priorizar la palabra, el acuerdo, la paz interna de Colombia, por encima de intereses ideológicos, partidistas, subversivos, nacionales o internacionales. Colombia necesita que la construcción de nuestra paz interna, más allá de acuerdos o desacuerdos con Venezuela u otras naciones, sea la primera prioridad para toda la población y su Estado de derecho. A someterse a esta prioridad convocamos a todos: a la subversión alzada en armas, al gobierno, al pueblo colombiano.

 

Cristo Jesús, Crucificado que Resucitó y sigue caminando con nosotros, es ahora la luz perpetua, el descanso eterno, la vida victoriosa, para nuestros jóvenes despedazados. Cristo Jesús es ahora el consuelo para sus familias, para la amada Institución de la Policía Nacional, la sociedad y los gobernantes, llamados a tener un corazón firme, firmísimo, en la voluntad de hacer posible ese cambio de agendas violentas y cargadas de odio y una mano siempre tendida, sin que obsten las contingencias de una barbarie que invadió, incluso, elementos mismos de nuestra institucionalidad y sectores de nuestra sociedad.

 

La Sangre de Cristo derramada en la Cruz, la Palabra de vida Eterna que es Cristo y la Presencia Viva del Señor que, por la fe, la esperanza y la solidaridad, nos sostiene en medio de la tragedia, son hoy los bienes que esperamos alcanzar con esta Eucaristía. Cristo está contigo, cadete sobreviviente, familia adolorida, pueblo desconcertado, Institución de la Policía. En él, por medio de él, nos unimos a las almas, a los espíritus de cada uno de los inmolados. “Nuestra vida está, con Cristo, escondida en Dios”.

 

El abrazo del Crucificado que nos alienta en el dolor y la paz del Resucitado que aviva nuestra esperanza, estén con todos ustedes.

 

 

+Darío de Jesús Monsalve Mejía

Arzobispo de Cali.