La muchachada nos pide certezas

Hoy, con el italiano Gianni Vattimo, filósofo del llamado posmodernismo, se habla del “pensamiento débil”, como réplica a la inflexible y verticalista ética tradicional del catolicismo y del marxismo.

Una réplica que, en contravía del nombre adoptado, propone el abandono de la violencia, el control sobre la destrucción de la naturaleza y, en definitiva, una interpretación menos neurótica de la vida, en palabras del propio pensador.

“Es una forma de educar a las personas en un mundo donde la beligerancia no es posible”. Por eso, añade, la racionalidad ética del pensamiento débil está en defender la tolerancia y la no violencia. Sería el pensamiento de los débiles, de los vencidos y perdedores de la historia, que enfrentan las razones de la fuerza, no por la fuerza de las razones, sino por la conciliación en nombre de valores comunes, “de la esencia humana más generalmente válida”.

Dentro de los débiles del mundo, tendríamos qué ubicar hoy nuestras muchachadas, adolescentes y jóvenes, caracterizados por la identidad débil, en cuanto identidad para un tiempo de crisis excepcional. Los jóvenes de esta época de cambios sin parangón, consumen el presente, pero en el fondo, viven mal, inquietos e inseguros, con respecto a su futuro.

Cuando el futuro se vuelve incierto, preocupante, problemático, se debilita la comprensión que se tiene de sí mismos, la integración del propio yo, la afectividad y sexualidad, el amor al trabajo, la inserción socio familiar y política, la trascendencia. Se generan fenómenos de evasión y fuga, de aislamiento y suicidio, de dependencias y búsqueda exasperada de experiencias y gratificaciones.

Pero este cuadro clínico y negativo no es exclusivo de los jóvenes, sino que afecta a las otras edades de la vida y a todo el contexto cultural, como consecuencia de una situación generalizada de oscurecimiento. Por eso es urgente encontrar juntos los valores y las oportunidades que nos permitan gestionar la provisionalidad, reinventar la vida, robustecer la esperanza, superar la inseguridad e inconsistencia.

La Iglesia, con el Papa Francisco, convoca a los jóvenes del mundo entero, en cada país y población, en cada Iglesia Particular o diócesis, a CAMINAR JUNTOS, a superar el aislamiento social, étnico, generacional, y dar un paso, no solo hacia un colectivo de la vida joven en el territorio parroquial, sino hacia su integración con toda la sociedad que está en la jurisdicción.

El nuevo enfoque de la “sinodalidad” que nos propone el Papa, es el de generar, desde la Iglesia, esta dinámica sistemática de sínodo, en todos los niveles de Iglesia, diocesano y parroquial. Es la contribución de la Iglesia a una sociedad más integrada, en la que, a los adolescentes y jóvenes, a la muchachada, les demos certeza de futuro, cobijo de esperanza, afecto de familia humana.

El Sínodo Mundial de Obispos en este octubre 2018, del 3 al 28, nos convoca a todos a proponerles la fe, a recuperar la capacidad del “discernimiento” que se desprende de ella, a reencontrar la vida como vocación y reabrir, entre todos, estos nuevos horizontes de esperanza y de futuro.

¿Qué estamos haciendo como comunidad parroquial para hacer saber, a los pocos o muchos adolescentes y jóvenes, que ellos existen y cuentan para nosotros? ¿Cómo podemos, en este mes de octubre, hacer este llamado sinodal, a caminar juntos, a trasmitirles la certeza de la fe, a darles ánimo y brindarles apoyo comunitario a estas vidas jóvenes?

Nos una la esperanza, de la cual debemos dar nueva razón en estos tiempos. Entonces nos haremos todos jóvenes con los jóvenes, para que rejuvenezca nuestra sociedad y renazca una Iglesia que anuncia la eterna y perenne juventud: a Cristo Resucitado.

Octubre, mes del Santo Rosario (7 de octubre), mes del compromiso misionero (Jornada Mundial de las Misiones, 21 de octubre), nos inspire, en este año de sínodo de los jóvenes, a compartir en cada parroquia algún espacio de espiritualidad e integración con ellos.

 

+Darío de Jesús Monsalve Mejía

Arzobispo de Cali