Nuestra pasión con Cristo

Por: +Darío de Jesús Monsalve Mejía

Arzobispo de Cali

Nuestra pasión con Cristo

La cuaresma, 40 días antes del Triduo Pascual, inició con la prueba a que es sometido Jesús por el Maligno en el desierto: la tentación. Y siguió con la prueba a que es sometido Abrahán por Dios en el Monte Moria: el sacrificio de sí mismo, en aras de la obediencia fiel a Dios. Pero estas pruebas de la vida, las que nos pone el Maligno y las que vienen de Dios, han de ser superadas con la fuerza y gracia de la resurrección. Dios, dirá Pablo, “que no perdonó ni a su propio hijo, antes bien, lo entregó por todos nosotros”, es sin duda alguna el que “está por nosotros”, “aquel que nos amó y gracias a él salimos vencedores en todo” (Romanos 8, 31s). La razón de este vencer con Cristo es “que murió, más aún, resucitó, y está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros” (8,34).

La espiritualidad de la cuaresma nos vuelve a la realidad desnuda del desierto, en la que Dios es el único ante quien está nuestra conciencia y nuestro corazón. Las creaturas desaparecen ante el silencio y la soledad, para que Dios vuelva ser Dios, presencia, palabra, intimidad de amor, fuerza liberadora ante el poder seductor de las creaturas y de la cultura. Las prácticas de oración, ayuno y limosna harán posible este desierto: la vida eterna es más que la temporal y pasajera; el espíritu es más que nuestro cuerpo; la caridad, amor gratuito de Dios que recupera nuestra alma de las leyes del lucro y el mercado, es anterior a todo.

Al final de esta cuarentena de días (cuaresma), hemos de estar dispuestos para vivir el sacramento de la Pascua: la Pasión, Muerte en la Cruz y Resurrección del Sepulcro, que culminan en la cincuentena pascual y el don del Espíritu Santo en Pentecostés. La vida se convierte en este movimiento interior, de morir con Jesús, estando aún vivos, y resucitar con Él sin habernos muerto aún. Y en este movimiento exterior de “volver a Galilea”, a nuestra cotidianidad e historia propia, con la presencia alentadora del Resucitado, con su Palabra y su “partir el pan “de la vida victoriosa con Él, respirar con su soplo y aliento vital de Resucitado, escuchar su Palabra y “hacer lo que Él nos diga” (Juan2, 5), como mandamiento de María. Y junto a estos movimientos del corazón y del día a día, la vida se nos vuelve movimiento misionero, “remar mar adentro” y “echar las redes para pescar” (Lucas 5, 4): vivir bajo el impulso del Espíritu que nos lleva al mundo entero a proclamar el Reino que está dentro de nosotros y cercano a toda persona, familia y pueblo, testimoniando el Amor que ahora timonea nuestras vidas.

Invito a todos a vivir estos movimientos del amor que nos desposa como Iglesia con Cristo Resucitado y regresado al vivir de cada uno, para que el dolor, el sufrimiento, las pruebas, las persecuciones, las enfermedades, la vejez y el cansancio, la muerte y la separación, no sean jamás realidades que nos oprimen, sino que, vividas con la fuerza del Amor, se transformen en vida que crece, se extiende, fructifica y madura. La vida sea nuestra pasión con Cristo, sostenida siempre con la gracia de la resurrección. Y más que drama de sufrimiento, sea transformación de nuestra cotidianidad por la presencia del Resucitado, que hace bello nuestro vivir y esperanzador nuestro trabajo y nuestras luchas.

“Tengan y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo, entregado por ustedes”. “Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, derramada por muchos”. Comulgar y compartir los padecimientos de Cristo Jesús para construir una humanidad de resurrección y de vida.

¡Felices Pascuas de Resurrección 2018!