COMO PRESBÍTEROS Y PRESBITERIO: VOLVER A JESÚS.

Mons. Dario de Jesus - Arzobispo de Cali

Cada año, los sacerdotes de la Arquidiócesis de Cali se congregan en tres grupos o tandas para hacer los “ejercicios espirituales canónicos” (canon 276). La costumbre los ha ubicado en julio y comienzos de agosto. Solo una excusa de fuerza mayor, presentada ante el Obispo, puede dispensar de esta práctica, inherente a la naturaleza y tarea del sacerdote. “El Obispo considere, como elemento integrante y primario en la vida de sus sacerdotes, los ejercicios espirituales anuales, organizados de modo tal que sean para cada uno un tiempo de auténtico y personal encuentro con Dios y de revisión de la propia vida personal, ministerial y dentro del presbiterio” (Directorio para Obispos # 83).

Durante esos días, cada sacerdote cuenta, en primer lugar, con LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO, que habita en él y es “Alma de la Iglesia”, de la Palabra inspirada, de los sacramentos, especialmente la eucaristía, la reconciliación y el orden sacerdotal, que el sacerdote ha de sentirlos y actualizarlos en sus ejercicios. En la oración y adoración, en la escucha y la lectura, en el silencio interior y la intimidad del oratorio o de la habitación, cada sacerdote podrá reencontrar su identidad, la trascendencia que tiene su vida, desde el designio y la elección de Dios, hasta el ingreso a sentarse con Jesús en el Banquete del Reino en el Cielo. Es esa alianza íntima y personal entre el misterio de Dios y la pequeñez y fragilidad de nuestro ser humano, la que deberá volverse auto-conciencia sacerdotal:

“He sido tomado de entre los hombres, de cuya flaqueza también estoy yo envuelto, y estoy puesto a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios. Mi ser y función propios como sacerdote católico es la cooperación responsable con Cristo Jesús en su mediación única entre Dios y los hombres. A causa de mi flaqueza, debo orar y ofrecer por los pecados propios, igual que por los del pueblo (Hebreos 5,1-10). Pero no estoy aquí en solitario: El Espíritu del Señor Jesús está sobre mí, me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, y me ha enviado a llevar libertad a cautivos y oprimidos, vista a los ciegos, oportunidad de Dios y de su Reino para todos (Lucas 4, 18-19)”

La unión personal de cada sacerdote con Jesucristo, vivida sacramentalmente en la eucaristía que preside o concelebra, es el espacio más sublime para que cada uno experimente esta obra que Dios ha realizado en su vida, este misterio de ser asociado a la persona de Jesús, a su propia presencia en la Iglesia, a su propia palabra, especialmente a su amor misericordioso de Siervo del Padre y Servidor de los hermanos.

La expresión máxima de nuestra pertenencia al Misterio de Cristo, es su sacrificio en la cruz. Estar asociado al Cuerpo y la Sangre de Cristo, a este “SER PAN TOMADO, BENDECIDO, PARTIDO Y DADO” para que todos coman del mismo pan y sean un solo cuerpo, para que todos beban del mismo cáliz y se hagan uno en las misma sangre, en el mismo darse y sacrificarse como Jesús: esto es el núcleo, la fuente y la fuerza del ser sacerdote.

Desde este misterio eucarístico, hemos de vivir la unión con Jesús, la comunión con su Cuerpo místico y con su Cuerpo visible y social que es la Iglesia. Desde este misterio, cada sacerdote ha de asumir cada día su vida propia como “Espíritu de Sacrificio”. Sacerdocio y sacrificio son correlativos e inseparables. Si bien el sacrificio incruento de la Misa está referido al Sacrificio Cruento de Jesús en la Cruz, en él está incluido el SACRIFICIO PERSONAL DEL SACERDOTE. No hay sacerdocio ni ministerio sacerdotal si no se asume esta vía sacrificial de la propia vida.

Volver a Jesús como presbíteros y como presbiterio, es la única manera concreta de volver a Dios, a su designio de Amor para la humanidad, a su obra creadora, redentora, santificadora y de unificación. “Solamente es válido lo que lleva a Jesús y solamente es válido lo que viene de Jesús. Jesús es el centro, el Señor. “Jesús puede siempre, con su verdad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y de debilidades eclesiales, la persona y propuesta de Jesús nunca envejecen. Jesucristo rompe los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo. Y nos sorprende cada día con su constante creatividad divina” (Homilías del Papa Francisco en su residencia).

Invito a todos los sacerdotes que estamos en la arquidiócesis de Cali a vivir con este espíritu de “volver a Jesús” los retiros de este año 2017. Nos ayudarán a esa conversión pastoral, tan indispensable para vivir estos tiempos duros y exigentes, para rehacer nuestra madurez sacerdotal de “padres” y rehacer nuestro maltrecho testimonio de Jesucristo. También para renovar nuestra misión y facilitar, no entorpecer, la necesaria renovación, discipular, misionera, misericordiosa y solidaria, sinodal y constructora de tejido eclesial y social en los territorios de nuestras parroquias.

La VISITA DEL PAPA FRANCISCO que ahora hemos de preparar en todas nuestras parroquias, siguiendo el módulo de ENCUENTROS ofrecido por la Conferencia Episcopal, nos aliente avivar el corazón de creyentes, pastores y servidores con olor a Evangelio, a oveja y a pobre, como nos lo propone el actual Obispo de Roma.

Reubicarnos en la MISIÓN PERMANENTE, iniciada por muchas de nuestras comunidades el año pasado, alentar la presencia evangelizadora en los sectores con las CASAS CATÓLICAS, consolidar o constituir la Asamblea Parroquial de Agentes Pastorales, es tarea que no podemos dejar enfriar. Que la Visita del Papa y la “Jornada Mundial de los pobres” que él propuso para el Domingo XXXIII (33°) del tiempo ordinario, sean dos momentos de reactivación misionera y de los misioneros en cada comunidad parroquial.

Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. La incoherencia de los fieles y de los pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre su palabra y su forma de vida, socava la credibilidad de la Iglesia” (Papa Francisco: Homilía en San Pablo Extramuros 14.04.2013).