¡Volvámonos más humanos!

Arzobispo de Cali

Dios se hizo hombre para hacer de todo hombre un hijo de Dios y un hermano de sus semejantes. Jesús de Nazaret, el hijo de María y de José, es el Verbo de Dios Encarnado, “Verdadero Dios y Verdadero Hombre”. Con él, nuestra naturaleza humana resplandece con toda su dignidad:

*con toda la dignidad y grandeza de la mujer madre que lo acoge; *con toda la dignidad y el amor de los esposos de Nazaret; *con toda la dignidad de los pobres y pequeños de la tierra; *con toda la dignidad de “la verdad que nos hace libres” y del servidor que se entrega plenamente por los demás.

Su existencia terrena se centró en descender hasta los abismos más horrendos donde se pisotea y se desprecia la dignidad de las personas, para ascender con todos, víctimas y victimarios, hasta la impresionante dignidad de la cruz y de la exaltación de la vida humana, en la resurrección y la gloria. “La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor”, dirá el Papa Francisco en su reciente Carta Apostólica, con motivo del final del Año de la Misericordia, titulada “Misericordia et Miseria”.

La gracia de la verdad no es la desgracia de la venganza, ni de la jactancia de los poderosos sobre el débil que la denuncia, sino la sublimidad del perdón y la oferta de vida plena para todos, sin excepción. Perdón y Vida Eterna son la fuerza que hace inútil la exhibición del poder que mata, que crucifica, que asesina, que aplasta la vida y la dignidad de otros.

“La misericordia es esta acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida”, añade el Santo Padre.

Al llegar de nuevo este tiempo de Adviento y de Navidad, invito a todos a contemplar el misterio del pesebre con las palabras de una mujer pecadora, la samaritana, que encontró en Alguien esta misericordia, este perdón y esta oportunidad de cambiar de vida: “VENGAN A VER A UN HOMBRE…”(Juan 4,29). Es Jesús de Nazaret, el mismo que nació en Belén, de quien la mujer dice: “me ha dicho todo lo que he hecho”.

* Los invito pues a contemplar la humanidad de Cristo, tan inseparable de la de María, y de esa “humanidad ciudadana” que le confiere José, el esposo de María y padre adoptivo de Jesús.

*Los invito a contemplar la belleza y celestial grandeza de la vida humana en la ternura del Niño del Pesebre.

*Los invito a contemplar la dignidad en medio de la pobreza, tanto de la sagrada familia, como de los pastores de la campiña, así como la dignidad, la humildad y la solidaridad, en medio de la diferencia, en medio del poder, del saber y de la riqueza, que testimonian los Magos de Oriente que peregrinan hasta el niño pobre de Belén.

*Los invito a confesar nuestra propia inhumanidad y deshumanización creciente, sobre todo, cuando hacemos de la mujer la víctima de la violencia sexual y física en la relación de parejas, cuando al machismo se reacciona con un feminismo agresivo, o cuando se golpea, se abusa y se violan a los niños y niñas, cuando se llega a tantas y espantosas tragedias familiares. Ni la sexualidad, ni la autoridad, ni el placer, ni el lenguaje, ni la fuerza humana, se hicieron para descargar agresividad y ejercer violencia, ni para hacer desgraciada y triste la vida propia o de aquellos con quienes hemos de convivir. ¡Volvámonos más humanos!

*Los invito, finalmente, a mantener esta esperanza en el poder de la debilidad de Dios, manifestada en el Niño de Belén, en la impotencia de la Cruz y en la Omnipotencia del Amor. Sobre todo ahora, cuando la prepotencia de los poderosos y ricos del mundo, de los fuertes y dueños de la publicidad y del prestigio, de los que abusan de las libertades de expresión y de las libertades ciudadanas para engañar y maltratar, para difamar y amenazar, pretende imponerse en las naciones, en el mundo. ¡Cuánto maltrato! ¡Cuánta mentira! ¡Cuánta perversión!

En estos tiempos amenazantes y llenos de extremismos, volvamos a la verdad de Dios hecho hombre, del “Verbo hecho Carne”, que “habitó entre nosotros” (Juan 1,14), que establece su morada en los creyentes (Juan 14,23). “En esto distinguirán ustedes quiénes son de Dios: aquel que reconozca que Jesucristo vino en carne, que es verdadero hombre, ese es de Dios. El que no lo reconozca como tal, no es de Dios, sino del anticristo” (1 Juan 4,2-3).

La “Carne”, indica la debilidad, la pobreza y fragilidad del ser humano, asumidas por Dios. Es lo que los Padres de la Iglesia llamaron bellamente “LA CONDESCENDENCIA DIVINA”, consistente en la unión de la sublimidad de Dios con la insignificancia humana. Esa distancia infinita ha sido salvada con el puente de un amor infinito. ¡Entremos en la condescendencia divina! Vivamos el gozo de este tiempo propicio para enamorarnos del Amor que se enamoró de nuestra miseria. Una dichosa y bella Navidad 2016 para todos. Los bendigo con afecto de hermano y pastor.

+DARÍO DE JESÚS MONSALVE MEJÍA        

Arzobispo de Cali